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Sábado, 25 de Junio de  2022
11:16

10 IberoÓscar Arnulfo Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1988. Monseñor, como se le conocía mejor, luchó incansablemente por la defensa de los derechos humanos en El Salvador. Una de sus mayores influencias fue la vida y obra de otro mártir salvadoreño, Rutilio Grande, SJ, quien fue beatificado a principios de 2022. Las enseñanzas de ambos pensadores fueron exploradas durante un foro virtual de la Cátedra Ellacuría de la IBERO Puebla.

A partir de la década de los 70, El Salvador se caracterizó por ser una sociedad de amplias desigualdades. Las organizaciones campesinas se levantaron para exigir el cumplimiento de sus derechos, lo que derivó en una pugna constante entre el gobierno y los sindicatos. Rutilio Grande formó parte de una Iglesia que acompañó estas protestas, lo que lo colocó en la mira del Estado salvadoreño.

Su enfoque innovador en la formación de personas creyentes y laicas contribuyó a robustecer las parroquias. “El aporte más importante de Rutilio es haber estado junto a los pobres en un momento de conflicto”, apuntó Alexander Méndez, académico de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de El Salvador.

El párroco promovió la creación de comunidades en las que todas las personas tuvieran lugar y voz. Su pastoral subrayó el trabajo en equipo, el ‘camino sinodal’ promovido por el papa Francisco en tiempos recientes. Se asumió como amigo de los excluidos al descubrir que Jesús estaba presente en la mirada de los pobres, virtud que lo llevaría a marcar la vida de cientos de personas en su país natal.

En las comunidades de Aguilares y El Paisnal —su lugar de nacimiento—, Arnulfo Romero descubrió que la misión religiosa no era posible sin el trabajo colaborativo. Resumió Méndez: “Logró una alianza entre la fe y la justicia. Se actualizó así la fe cristiana en la opción por los pobres”. No puede haber un proyecto apostólico que sea válido sin tomar en cuenta a las demás personas.

Monseñor Romero comparte varios rasgos con Rutilio Grande. Ambos crecieron de familias pobres de la zona rural de El Salvador. Los dos se entregaron incondicionalmente a la Iglesia y a su pueblo. Sobre todo, uno y otro denunciaron las injusticias y utilizaron el evangelio como herramienta para la liberación.

Ambos compartían la idea de que la vida merece la construcción de una espiritualidad profunda. En palabras de Manuel Antonio Silva de la Rosa, coordinador del Programa Universitario Ignaciano de la IBERO Puebla: “La vocación es personal, pero la misión es compartida”. Esto implica un contacto permanente con la realidad sufriente.

Su espiritualidad está marcada por el descubrimiento del reino de Dios como una actitud encarnada en la vulnerabilidad. “La influencia es de acoger la vida con actitud de inclusión y escucha activa. La realidad de los pobres y su grito por la justicia me interpela y quiero hacer algo por ella”.

“La lucidez crítica va de la mano con la categoría de ser contemplativos en la acción. Es construir una esperanza activa para asumir el compromiso de responder con lo que podemos”: Manuel Silva.

Romero y Grande fueron conscientes de su contexto. La formación de la Compañía de Jesús inspiró a Rutilio a identificar una forma de hacerse cargo de la realidad, con especial acento en las poblaciones latinoamericanas en situación de vulnerabilidad y a través de una praxis transformadora.

Ignacio Ellacuría, SJ, también mártir salvadoreño, siguió los pasos de Rutilio Grande. El sacerdote jesuita radicalizó la opción por el pueblo y la justicia hasta llegar a las últimas consecuencias, todo como parte de su acercamiento personal al misterio de Dios.

Monseñor Romero y Ellacuría tuvieron intercambios acalorados de opiniones hasta el asesinato del padre Grande. Aquel evento vinculó a ambos pensadores en la búsqueda de una visión histórica de la sociedad salvadoreña, aunque Romero siempre fue visto como un profeta adelantado. Como rector de la UCA, Ellacuría aseguró sobre su colega: “No hay duda de quién era la voz y quién era el eco”.

A diferencia de los otros dos pastores, Ellacuría ejerció la pastoral desde el ámbito académico e impactó positivamente en el modelo pedagógico ignaciano replicado por todas las universidades jesuitas. “Los tres tuvieron muy presente la consigna ignaciana de los lugares, los tiempos y las personas”, mencionó Mauro Izazaga Carrillo, profesor de asignatura de la IBERO Puebla.

Los panelistas exhortaron a revisar de primera mano la obra de los mártires jesuitas a la luz de un mundo pospandémico para encontrar pistas sobre cómo hacer frente a la realidad desde el servicio a los excluidos. “La esperanza activa se construye en lo cotidiano”.

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